Cuando uno pide una ensalada, no espera encontrarse solo con un par de hojas de lechuga y unas tristes rodajas de tomate. Cuando uno pide una ensalada, espera que sea una señora ensalada con sus ingredientes especiales extra y su distinguido aliño que hacen que resulte un plato interesante.
Por ello, cuando ayer me pedí una ensalada con queso de cabra y mermelada de higos de primero, esperaba encontrarme con hojas de distintas clases de lechugas, tomatitos, un trozo de rulo de cabra bien consistente, la mermelada y quien sabe si cebollita caramelizada y un par de nueces. Nada que ver con la realidad.
Por el contrario, se me presento un triste plato de ensalada con unas rodajas enormes de tomate, zanahoria, cebolla cruda y remolacha, agrupados por secciones. Vamos, la típica ensalada que sale en las fotos de los bares y que para nada era acorde al lugar donde la preparaban.
Si os preguntáis por el queso y la mermelada si, los había. Coronando la cima asomaba bajo la mermelada una rodaja de queso del grosor de una hoja de papel.
Por si todo esto no fuera suficiente, tras mezclar los ingredientes y tras el tercer bocado, empezaron a asomar unas hojas pochas de ensalada; algo que un restaurante no se debería permitir.
Tras pedirle a la camarera amablemente que nos cambiara el plato, no os podéis imaginar la cara que se nos quedo cuando la muchacha nos trajo otra ensalada sin el queso y la mermelada. Pero eso, no fue nada en comparación con la cara que pusimos cuando al reclamar la invisible hoja de queso, se nos informo con risa nerviosa de que aquello según cocina, se debía a que al devolver el plato ya nos lo habíamos comido.
Aunque ese dato no era cierto, la poca profesionalidad que podía quedar en aquel lugar se desvaneció ante mis ojos por completo. Y eso que no os he contado aún, que la cuarta vez que la pobre chica trajo el plato (esta vez con la mermelada y el queso) de nuevo contenía lechuga en mal estado.
Uno puede tener un error, incluso dos. Pero uno, también debe tener la valentía y la educación de enmendarlo y pedir disculpas. A si que quien quiera que fueras, si se te cuela una lechuga pocha y se te hace saber, deberías comprobar con lupa que eso no vuelva a ocurrir en vez de volver a meter la pata y encima quedar como un maleducado que compra el queso de la mejor cabra lechera del mundo y que por ello, solo sirve esa cutrez.
Aunque debo mencionar que se nos descontó la ensalada que no nos pudimos comer sin rechistar, lo mejor aún faltaba por llegar. Y es que cuando ya habíamos pagado y nos disponíamos a marcharnos, vimos como en otra mesa servían un plato de ensalada (espero que en buen estado) con dos contundentes rodajas de queso bien hermosas.
Supongo yo que nuestro exclusivo rulo de cabra de la mejor cabra lechera del mundo, se había terminado y sólo les quedaba uno de las del montón.
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